OVIEDO (Mª. J. Carmen Fernández, 2012)

Oviedo fue fundada en el año 761, según el Pacto monástico de San Vicente, fechado en 781. Este documento, del que se conserva una copia del siglo XII en el Archivo del Monasterio de San Pelayo, explica que la ciudad se construyó sobre una colina situada en el cruce del camino que conectaba de norte a sur León, y el que se dirigía al oeste en dirección a Galicia. La colina, llamada Ovetao u Oveto, fue ocupada por los monjes Máximo y Fromestano, quienes levantaron un monasterio dedicado a San Vicente. Posteriormente, en fecha imprecisa, el Rey Fruela I visitó el lugar y decidió erigir en él una basílica dedicada a San Salvador junto a otras dependencias.

El rey Alfonso II, El Casto, trasladaría la capital del Reino de Asturias a Oviedo poco antes del 812. La convirtió en sede episcopal, la fortificó y la dotó de palacios, iglesias y otras estructuras. La muralla que protegía la ciudad, de la que hoy quedan pocos restos, delimitaba una figura circular adaptada a la colina, que ocupaba 11 hectáreas y cobijaba a unas 6.000 personas distribuidas en tres barrios relativamente diferenciados: la Villa, que agrupaba los edificios más antiguos religiosos y civiles; Cimadevilla, mercantil y vinculada a las peregrinaciones; y Socastiello.

En 1521 un incendio arrasó gran parte del centro urbano (al que hace referencia la imagen), aunque logró salvarse el conjunto monumental formado por la Catedral (en la imagen), el Palacio de Valdecarzana y las capillas de la Balesquida y San Tirso. Este desafortunado acontecimiento permitió que posteriormente se regularizara el trazado de las calles, pasándose de un trazado originalmente radial a otro más ortogonal. Con el objetivo de recuperar económicamente la ciudad, se desecó la charca del Fontán a extramuros para instalar allí un nuevo mercado, que se convirtió con el tiempo en uno de los motores de su desarrollo. La imagen que adquirió Oviedo a partir de esa época fue bien descrita por Ramón Pérez de Ayala en su obra Tigre Juan (1926), cuando dice que era:

“Un ruedo de casas corcovadas, caducas, seniles. Vencidas ya de la edad, buscan una apoyatura sobre las columnas de los porches. La plaza es como una tertulia de viejas tullidas, que se apuntalan en sus muletas y hacen el corrillo de la maledicencia”.

En los siglos XIX y XX Oviedo se convirtió en un centro logístico y organizador de la producción minera y el transporte de mercancías entre las cuencas hulleras y los puertos martítimos de Gijón y Avilés. Gracias a ello experimentó un cierto desarrollo económico y demográfico que tuvo su repercusión urbanística mediante el inicio de sus primeros ensanches. La importancia de la actividad industrial favoreció también la aparición de movimientos sociales que lucharon por mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora.

Durante la Revolución de Asturias de 1934, tuvieron lugar intensos combates durante diez días dentro de la ciudad. Esto provocó que la misma quedase asolada en buena parte y que resultaran dañados, entre otros edificios, el de la Universidad, cuya biblioteca guardaba fondos bibliográficos de gran valor que no se pudieron recuperar, el Teatro Campoamor, y muchas casas particulares, sobre todo en la zona de la calle de Uría. Por su parte, la Cámara Santa de la Catedral, fue dinamitada.

El cuadro que comentamos aquí muestra una imagen de Oviedo como debía ser en torno a 1934. Está pintado por María Josefa del Carmen Fernández Fernández,  natural de la pequeña localidad de Mieres del Camino. De origen humilde y descendiente de la tradición minera asturiana más arraigada, la autora ha sabido plasmar la belleza artística de Asturias desde su más temprana infancia. Actualmente es profesional de la sanidad especializada en Oviedo pero continúa con su actividad creativa y con la organización de eventos culturales relacionados con la difusión plástica de nuevos talentos.

Miguel González Fernández
 

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